Siguiendo al Papa
POR ANAM CARA
El Papa León XIV: Hoy necesitamos recuperar particularmente, tanto como valor personal y comunitario, que como signo profético para nuestros tiempos: dar espacio al silencio, a la escucha del Padre que habla y “ve en lo secreto”.
Del 18 al 24 de julio del 2025 (VIS).
HOMILÍA
En la liturgia del domingo, la primera lectura y el Evangelio nos hablan de hospitalidad, de servicio y de escucha.
En el primer caso, Dios visita a Abraham en la persona de “tres hombres” que llegan a su tienda “a la hora más calurosa” (cf. Gn18,1-2).
Abraham, sentado “a la entrada de su carpa”, está en la posición del dueño de casa, y es muy hermoso ver cómo ejercita su papel: habiendo reconocido en los visitantes la presencia de Dios, se pone en pie, corre a su encuentro, se inclina hasta el suelo y les ruega que se detengan. Así se anima toda la escena.
La inmovilidad de la tarde se llena de gestos de amor que involucran no sólo al Patriarca, sino también a Sara, su mujer, y a los siervos.
Abraham ya no está sentado, sino “de pie al lado de ellos, debajo del árbol” (Gn 18,8), y ahí Dios le comunica la noticia más hermosa que podría espe rar: “Sara, tu mujer, tendrá un hijo” (cf. Gn 18,9-10).
La dinámica de este encuentro puede hacernos reflexionar: Dios elige la vía de la hospitalidad para encontrarse con Sara y Abraham y darles el anuncio de la fecundidad, que tanto habían deseado y que ya habían dejado de espe rar. Después de tantos momentos de gracia en los que había visitado, vuelve a llamar a su puerta, pidiéndoles acogida y confianza. Y los dos ancianos esposos responden positivamente, sin saber aún qué iba a suceder. Reconocenen los visitantes misteriosos su bendición, su misma presencia. Les ofrecen lo que tienen: la comida, la compañía, el servicio, la sombra de un árbol; y reciben la promesa de una vida nueva y de una descendencia.
Aunque en circunstancias diferentes, también el Evangelio nos habla del mismo modo de obrar de Dios. También aquí, en efecto, Jesús se presenta como huésped en la casa de Marta y María. No es un desconocido; está en casa de amigos y el clima es de fiesta. Una de las hermanas lo acoge con infinidad de atenciones, mientras la otra lo escucha sentada a sus pies, con la típica actitud del discípulo hacia el maestro.
Como sabemos, ante las quejas de la primera, que quisiera recibir un poco deayuda en las tareas domésticas, Jesús le responde invitándola a apreciar el valor de la escucha (cf. Lc 10,41-42).
Pero sería erróneo ver estas dos actitudes como opuestas, así como hacer comparaciones de méritos entre las dos mujeres. El servicio y la escucha, de hecho, son dos dimensiones gemelas de la acogida.
En primer lugar, en nuestra relación con Dios. Si bien es importante que vivamos nuestra fe en las acciones concretas y en la fidelidad a nuestros deberes, según el estado y la vocación de cada uno, también es fundamental que lo hagamos partiendo de la meditación de la Palabra de Dios y de la atención a lo que el Espíritu sugiere a nuestro corazón, reservando, para tal fin, momentos de silencio, momentos de oración, tiempos en los que, acallando ruidos y distracciones, nos pongamos ante Él y logremos unidad en nuestro interior. Esta es una dimensión de la vida cristiana que hoy necesitamos recuperar particularmente, tanto como valor personal y comunitario, que como signo profético para nuestros tiempos: dar espacio al silencio, a la escucha del Padre que habla y ”ve en lo secreto” (Mt 6,6).
El Papa Francisco decía que “si queremos disfrutar de la vida con alegría, debemos aunar estas dos actitudes: por un lado, el estar a los pies de Jesús, para escucharlo mientras nos revela el secreto de cada cosa; por otro, ser diligentes y estar listos para la hospitalidad, cuando Él pasa y llama a nuestra puerta, con el rostro de un amigo que necesita un momento de descanso y fraternidad”.
Ciertamente, todo esto cuesta esfuerzo. Ni el servicio ni la escucha son siempre fáciles; requieren tenacidad y capacidad de renuncia. Abraham, Marta y María hoy nos recuerdan precisamente esto: que la escucha y el servicio son dos actitudes complementarias que nos ayudan, en nuestra vida, a estar abiertos a la presencia providente del Señor. Su ejemplo nos invita a conciliar, en nuestras jornadas,contemplación y acción, descanso y fatiga, silencio y laboriosidad, con sabiduría y equilibrio, teniendo siempre como medida la caridad de Jesús, como luz su Palabra y como fuente de fortaleza su gracia, que nos sostiene más allá de las posibilidades (cf. Flp 4,13).