Siguiendo al Papa
POR ANAM CARA
El Papa León XIV: Que la alegría inesperada de los discípulos de Emaús sea
para nosotros un dulce recordatorio cuando el camino se hace difícil. Es el
Resucitado quien cambia radicalmente la perspectiva, infundiendo la
esperanza que llena el vacío de la tristeza.
Del 17 al 23 de Octubre del 2025
AUDIENCIA GENERAL.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! Hoy vamos a reflexionar sobre cómo la
resurrección de Cristo puede curar una de las enfermedades de nuestro tiempo: la tristeza.
Invasiva y generalizada, la tristeza acompaña los días de muchas personas.
Se trata de un sentimiento de precariedad, a veces de profunda desesperación, que invade
el espacio interior y parece prevalecer sobre cualquier impulso de alegría.
La tristeza le quita sentido y vigor a la vida, que se convierte en un viaje sin dirección y sin
significado. Esta experiencia tan actual nos remite al famoso relato del Evangelio de Lucas
(24,13-29) sobre los dos discípulos de Emaús.
Ellos, desilusionados y desanimados, se alejan de Jerusalén, dejando atrás las esperanzas
puestas en Jesús, que ha sido crucificado y sepultado. En sus primeras frases, este episodio
muestra cómo un paradigma de la tristeza humana: el final del objetivo en el que han
invertido tantas energías, la destrucción de lo que parecía esencial en la propia vida.
La esperanza se ha desvanecido, la desolación se ha apoderado de su corazón. Todo ha
implosionado en muy poco tiempo, entre el viernes y el sábado, en una dramática sucesión
de acontecimientos.
Los dos hombres dan la espalda al Gólgota, al terrible escenario de la cruz aún grabado en
sus ojos y en sus corazones. Todo parece perdido. Es necesario volver a la vida anterior,
manteniendo un perfil bajo, esperando no ser reconocidos. En cierto momento, un
viandante se une a los dos discípulos, tal vez uno de losmuchos peregrinos que han estado
en Jerusalén para la Pascua.
Es Jesús resucitado, pero no lo reconocen. La tristeza les nubla la mirada, borra la promesa
que el Maestro había hecho varias veces: que tenía que morir y que al tercer día resucitaría.
El desconocido se acerca y se muestra interesado en lo que están diciendo.
El texto dice que los dos “se detuvieron, con el semblante triste” (Lc 24,17). El adjetivo
griego utilizado describe una tristeza integral: en sus rostros se refleja la parálisis del alma.
Jesús los escucha, les deja desahogar su desilusión. Luego, con gran franqueza, los reprende
por ser “duros de entendimiento para creer en todo lo que han dicho los profetas” (v. 25),
y a través de las Escrituras les demuestra que Cristo debía sufrir, morir y resucitar.
En los corazones de los dos discípulos se reaviva el calor de la esperanza, y entonces, cuando
ya cae la tarde y llegan a su destino, invitan al misterioso compañero a quedarse con ellos.
Jesús acepta y se sienta a la mesa con ellos. Luego toma el pan, lo parte y lo ofrece. En ese
momento, los dos discípulos lo reconocen… pero Él desaparece inmediatamente de su vista
(vv. 30-31). El gesto del pan partido reabre los ojos del corazón, ilumina de nuevo la vista
nublada por la desesperación. Y entonces todo se aclara: el camino compartido, la palabra
tierna y fuerte, la luz de la verdad… De inmediato se reaviva la alegría, la energía vuelve a
fluir en los miembros cansados, la memoria vuelve a ser agradecida. Y los dos regresan de
prisa a Jerusalén, para contarlo todo a los demás. “Es verdad, ¡el Señor ha resucitado!” (cf.
v. 34). En este adverbio, “verdaderamente”, se cumple el destino seguro de nuestra historia
como seres humanos.
Jesús no resucitó con palabras, sino con hechos, con su cuerpo que conserva las marcas de
la pasión, sello perenne de su amor por nosotros. La victoria de la vida no es una palabra
vana, sino un hecho real, concreto. Que la alegría inesperada de los discípulos de Emaús sea
para nosotros un dulce recordatorio cuando el camino se hace difícil.
Es el Resucitado quien cambia radicalmente la perspectiva, infundiendo laesperanza que
llena el vacío de la tristeza. En los senderos del corazón, el Resucitado camina con nosotros
y por nosotros.
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