Siguiendo al Papa
POR ANAM CARA
El Papa León XIV: Para ser luz para el mundo, primero debemos participar de la misma luz y vida de Cristo. Para participar en la misión, debemos descubrir primero una relación viva con Dios. Debemos conocerle. Al abrirnos al amor transformador de Dios.
Del 3 al 9 de julio del 2026 (VIS)
VIDEO MENSAJE A LOS JÓVENES…
Queridos jóvenes amigos: Es un placer para mí saludar a todos los que participan en el Encuentro de Jóvenes de Ankawa, en la Arquieparquía de Erbil.
La juventud es una etapa de la vida marcada por el deseo de hacer grandes cosas y de marcar la diferencia en el mundo.
Me alegra saber que el tema elegido para su encuentro de este año es la misión.
La Iglesia tiene una misión vital: servir al mundo compartiendo la luz de Cristo (cf. Jn 8,12) y llevando a hombres y mujeres a la comunión con Dios. Ustedes participan en esta misión. Los jóvenes no son sólo el futuro de la Iglesia, sino también su presente.
No siempre es fácil ser luz en el mundo (cf. Mt 5,13). De hecho, en el momento actual, están llamados a irradiar esta luz en una situación que a menudo ha estado marcada por la guerra y la inestabilidad.
El Señor ha depositado una gran confianza en ustedes al encomendarles esta misión, y yo también tengo gran confianza en todos ustedes. Deben ser la luz de Cristo en medio de una oscuridad que, a veces, puede parecer abrumadora. ¡No tengan miedo!
Y no piensen que están solos en esta tarea. Yo estoy con ustedes; la Iglesia está con ustedes. Pongan su confianza en Jesús; escúchenlo en la oración y a través de la guía de los demás, y permitan que Él los conduzca.
La luz es esencial para la vida en diversos aspectos, y quisiera mencionar tres que pueden ayudarles a orientarse en esta misión.
En primer lugar, la luz es necesaria para ver, lo cual nos recuerda el don de la fe.
La fe en Dios no es un mecanismo para afrontar las dificultades de la vida.
Más bien, es el reconocimiento de la realidad y el vivir en la verdad, aprendiendo a ver el mundo, a los demás y a nosotros mismos tal como Dios lo hace.
Requiere recorrer el camino de la vida con el corazón y la mirada fijos en nuestra verdadera patria (cf. Hb 11,14), sabiendo que Dios está con nosotros aunque no podamos verlo.
Su forma de vivir también debe dar testimonio de su fe, para que los demás puedan ver en ustedes la verdad y el sentido que ellos también anhelan, y así también lleguen a participar de la misma luz.
El segundo aspecto de la luz es que proporciona calor, lo cual simboliza el amor. Para ser luz para el mundo, primero debemos participar de la misma luz y vida de Cristo. Para participar en la misión, debemos descubrir primero una relación viva con Dios.
Debemos conocerle. Al abrirnos al amor transformador de Dios, recibimos la gracia necesaria para seguir a Jesús y abrazar la vida a la que Él nos llama.
Por eso es tan importante dedicar tiempo cada día a la oración y acercarse a Dios a través de los sacramentos, especialmente la Confesión y la Eucaristía.
Cimienten sus corazones en la base sólida del amor de Dios por ustedes; descubran el corazón de Cristo y no tengan miedo de construir sus vidas sobre Él (cf. 1 Jn 4,16).
Al hacerlo, no sólo encontrarán la plenitud que anhelan, sino que también podrán compartir el calor del amor de Dios y el poder reconciliador de su gracia con quienes los rodean.
Por último, la luz es necesaria para el crecimiento y la vida nueva, y es una imagen de la esperanza.
Arraigados en la caridad, están llamados de manera especial a ser constructores de paz, a unir a quienes los rodean y a infundir en los demás la esperanza de un futuro marcado por una paz duradera.
Quizás no puedan controlar su situación, ni los desafíos que tengan que afrontar, pero siempre pueden elegir permitir que la paz de Cristo reine en sus corazones (cf. Col 3,15).
La virtud de la esperanza nos inspira a mirar hacia el cielo.
Esto no significa olvidarse del mundo, sino tener la confianza de compartir con él la paz y la vida que provienen de Cristo, cuya luz ilumina la Nueva Jerusalén (cf. Ap 21,23).
Los encomiendo a María, madre de la Iglesia, y que Dios Todopoderoso los bendiga a todos: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Amén.