Siguiendo al Papa
POR ANAM CARA
El Papa León XIV: “¡Paz a vosotros!” Y añade: “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo” (v. 21). Con estas palabras, confía a los apóstoles una tarea que no es tanto un poder como una responsabilidad: ser instrumentos de reconciliación en el mundo.
Del 26 de Septiembre al 2 de Octubre del 2025 (VIS).
AUDIENCIA GENERAL.-
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! El centro de nuestra fe y el corazón de nuestra esperanza se encuentran profundamente enraizados en la resurrección de Cristo.
De hecho, la resurrección de Jesús es el testimonio maravilloso de cómo el amor es capaz de levantarse después de una gran derrota para proseguir su imparable camino.
Cuando nos recuperamos de un trauma causado por los demás, a menudo la primera reacción es la rabia, el deseo de hacer pagar a alguien lo que hemos sufrido. El Resucitado no actúa de este modo. No regresa con gestos de potencia, sino que manifiesta con mansedumbre la alegría de un amor más grande que una herida y más fuerte que cualquier traición.
El Resucitado no siente la necesidad de reiterar o afirmar su propia superioridad. Él se aparece a sus amigos discípulos y lo hace con extrema discreción, sin forzar los tiempos de su capacidad de acoger. Su único deseo es volver a estar en comunión con ellos, ayudándolos a superar el sentimiento de culpa. Lo vemos muy bien en el cenáculo, donde el Señor se aparece a sus amigos aprisionados por el miedo.
Es un momento que expresa una fuerza extraordinaria: Jesús, entra en la habitación cerrada de quienes están paralizados por el miedo, llevándoles un don que ninguno hubiera osado esperar: la paz. Su saludo es simple, casi habitual: “¡Paz a vosotros!” (Jn20, 19). Pero va acompañado de un gesto: Jesús muestra a los discípulos las manos y el costado con los signos de la pasión.
¿Por qué exhibir sus heridas precisamente ante quienes, en aquellas horas dramáticas, lo renegaron y lo abandonaron? ¿Por qué no esconder aquellos signos de dolor y evitar que se reabra la herida de la vergüenza? Y, sin embargo, el Evangelio dice que, al ver al Señor, los discípulos se llenaron de alegría (cf. Jn 20, 20). El motivo es profundo: Jesús está ya plenamente reconciliado con todo lo que ha sufrido. No guarda ningún rencor. Las heridas no sirven para reprender, sino para confirmar un amor más fuerte que cualquier infidelidad. Son la prueba de que, precisamente en ese momento en el que hemos fallado, Dios no se ha echado atrás. No ha renunciado a nosotros.
Así, el Señor se muestra nudo y desarmado. Su amor no humilla; es la paz de quien ha sufrido por amor y ahora puede afirmar que ha valido la pena. Nosotros, en cambio, a menudo ocultamos nuestras heridas por orgullo o por el temor de parecer débiles. Decimos “no importa”, “ya ha pasado todo”, pero no estamos realmente en paz con las traiciones que nos han herido.
A veces preferimos esconder nuestro esfuerzo por perdonar para no parecer vulnerables y no correr el riesgo de sufrir de nuevo. Jesús no. Él ofrece sus llagas como garantía de perdón. Y muestra que la resurrección no es la cancelación del pasado, sino su transfiguración en una esperanza de misericordia. Luego, el Señor repite: “¡Paz a vosotros!”. Y añade: “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo” (v. 21). Con estas palabras, confía a los apóstoles una tarea que no es tanto un poder como una responsabilidad: ser instrumentos de reconciliación en el mundo.
Es como si dijese: “¿Quién podrá anunciar el Rostro misericordioso del Padre sino vosotros, que habéis experimentado el fracaso y el perdón?”
Jesús sopla sobre ellos y les dona el Espíritu Santo (v. 22). Es el mismo Espíritu que lo ha sostenido en la obediencia al Padre y en el amor hasta la cruz. Desde ese momento, los apóstoles ya no podrán callar lo que han visto y oído: que Dios perdona, levanta, restaura la confianza.
El centro de la misión de la Iglesia no consiste en administrar un poder sobre los demás, sino en comunicar la alegría de quien ha sido amado precisamente cuando no se lo merecía. Es la fuerza que ha hecho nacer y crecer la comunidad cristiana: hombres y mujeres que han descubierto la belleza de volver a la vida para poder donarla a los demás.