SANTO TOMAS ESTA DE MODA
Vivimos en una cultura en la que la verificación empírica se ha elevado a categoría de religión. Lo que no se puede medir, no existe, todo exige evidencias y comprobación siguiendo a los dos credos que florecieron en la Modernidad: el escepticismo y el empirismo… y que el apóstol Tomás hubiese suscrito sin dificultad: A menos que vea en sus manos la marca de los clavos, y meta mi mano en su costado, no creeré. (Jn 20, 25).
El escepticismo racional sostiene que no podemos tener certeza sobre nada que no sea directamente comprobable por nuestra propia razón o experiencia. Pero afirmar que no se puede saber nada con certeza, ya es en sí misma una afirmación de certeza. Y si todo debe ser puesto en duda, esta regla también debe ponerse en duda. La realidad es que vivimos gracias a la confianza que desplegamos todo el tiempo: en el piloto del avión, en el centro escolar de nuestros hijos… Confiamos en los amigos y hasta en los desconocidos cuando pedimos ayuda a quien esté cerca ante un contratiempo en plena calle.
En cuanto al empirismo, afirma que todo lo que no se puede observar, medir y reproducir en un laboratorio no se puede considerar conocimiento como tal. El problema aquí es que lo verificable no alcanza para explicar la realidad completa. El amor, la justicia, la fe, no tienen corpus físico ni se puede medir, y no por ello dejan de ser muy reales.
Tomás es un ejemplo para todos nosotros. Él era uno de los elegidos, no fue un cualquiera que oyó hablar de Jesús sin conocerlo. Al contrario, vivió día a día con él y, aun así, fue contundente al negar lo que otros compañeros suyos habían experimentado. La sorpresa posterior que se llevó fue múltiple, porque Jesús le ofrece lo que pidió, no le regaña ni le avergüenza, sino que le transforma dando una lección a todas las generaciones venideras: Ahora crees porque me has visto. Bienaventurados los que no han visto y han creído (Jn 20, 29), abriendo así la puerta que va más allá del puro empirismo y la falta de fe: lo que no podemos ver también forma parte de la realidad. Y precisamente a Tomás se le atribuye la confesión de fe más elevada y completa: le llamó a su Maestro «Señor mío y Dios mío», como nadie lo había hecho antes, expresión de su plena adhesión de amor, más allá de la fe.
La fe no es ciega, es valiente. Es la decisión de dar un paso más allá del umbral de lo verificable. La duda honesta no es opuesta a la fe. Tomás tuvo mucha suerte y a la vez demostró predisposición que, en no pocas ocasiones, es la antesala de encontrar lo que se busca. Pero sin olvidar que la fe tiene dos características: es un regalo que debemos pedir y también alimentar para que la experiencia de Dios sea un anhelo vivido con la esperanza de una promesa que ya experimentamos cuando nos sentimos amados por Dios.
La actitud del apóstol Tomás es importante para nosotros por muchas razones: porque nos conforta en nuestras inseguridades, a la vez que nos muestra el camino a que toda duda pueda tener un final luminoso más allá de toda incertidumbre. Y porque las palabras que Cristo le dirigió a Tomás nos centran en el sentido de la fe madura y nos alientan a continuar, a pesar de las dificultades, por el camino de fidelidad. A veces contra toda esperanza.
Gabriel Mª Otalora