SER SAGACES, CON LA PERSPECTIVA DE LA MUERTE
Marifé Ramos
Lucas 16, 1-13
El texto de este evangelio presenta muchas dificultades. El uso de la riqueza y la injusticia son temas centrales del evangelio de Lucas, pero, ¿podemos atribuir a Jesús esta frase?: “Haceos amigos con las riquezas mal adquiridas, para que cuando os falten se os reciba en las moradas eternas”. ¿Qué ha ocurrido con este texto? Requiere un estudio detenido, que sobrepasa una homilía.
Vamos a situarnos en otra perspectiva: recordamos en qué consistía el trabajo de los administradores en tiempos de Jesús.
Los terratenientes o hacendados no solían vivir en el campo, sino en la ciudad o en el extranjero. Habitualmente contrataban administradores para que se ocuparan del alquiler y gestión de sus tierras, utilizando un recibo en el que figuraba: el bien que se prestaba (por ejemplo, el número de tierras de cultivo), la cantidad que se adeudaba por ello y la fecha en la que se pagaría la deuda (en dinero, especies o servicios).
¿Qué pasaba cuando un terrateniente arrendaba sus tierras y los servidores no le pagaban lo convenido, aunque fuera por un motivo justificado, como la falta de lluvias y de cosecha? La ley ofrecía varias opciones:
a) Romper el contrato y quitar el uso de la tierra al arrendatario.
b) Exigir el pago de lo convenido, aunque fuera a costa de que el arrendatario y su familia fueran vendidos como esclavos. Podemos verlo en la parábola de los dos deudores: Mt 18, 23-25.;
c) Enviar a la cárcel a quien no pagara a tiempo lo convenido.
El derecho romano ofrecía una solución más humana: perdonar al siervo una parte de la deuda, quedando el resto pendiente de pago. De este modo, el dueño perdía parte del dinero, pero era admirado y alabado por su generosidad. Es decir, compensaba la pérdida económica con la buena fama que adquiría; y podía continuar enriqueciéndose con el negocio. Da la impresión de que esta solución es la que recoge la parábola.
Además, podemos leerla desde otra perspectiva: ¿no estará denunciando el incumplimiento de una de las leyes recogidas en el Deuteronomio?: “No exijas interés alguno a tus hermanos, ni por víveres ni por ninguna otra cosa que se suele prestar con interés. Puedes exigírselo al extranjero, pero no a tu hermano, para que Yahvé, tu Dios, te bendiga en todas tus empresas, en la tierra que estás a punto de entrar a poseer”. (Deuteronomio 23, 19-20).
Esta denuncia está en consonancia con el mensaje y actitudes de Jesús. Más aún, si tenemos en cuenta que la parábola se refiere a la deuda de unos 3.300 litros de aceite y más de 22.000 kilos de trigo.
Sabemos que era habitual que los hacendados se enriquecieran a través de prácticas abusivas. El profeta Amós lo denunció, como vemos en la primera lectura de hoy. Él ejerció su profetismo en el siglo IX a.C. y sabía de lo que hablaba, porque fue agricultor y pastor, además de profeta.
En el siglo I d.C., cuando se escribió este evangelio, las prácticas abusivas continuaban. Y, lamentablemente, siguen siendo habituales en nuestros días, como se constata a diario, a través de los medios de comunicación. Es necesario seguir denunciándolas.
Es evidente que no se trata de que imitemos al administrador de la parábola. Jesús no aplaude la injusticia, sino la sagacidad, agudeza y astucia con la que un administrador gestionó una situación complicada. Y sugirió que “los hijos de la luz” gestionaran de otro modo lo que tenían entre manos, para alcanzar un futuro prometido.
Somos “administradores del Reino”, y cuando llegue la muerte “perderemos nuestro trabajo”. Aprendamos a gestionar con sagacidad las riquezas, talentos y responsabilidades que tenemos entre manos, sin perder de vista la perspectiva final de la muerte.
Seamos conscientes cada día de quien es “nuestro amo” y para quien trabajamos. Hay muchos amos y señores que pretenden enredarnos en sus garras: las redes sociales, el dinero, las adicciones, cultivar la propia imagen, algunos partidos políticos… ¡Es hora de ser sagaces!
Y seamos conscientes de qué queremos hacer con nuestras riquezas y talentos, para no ser como aquel rico necio que amplió sus graneros, pero murió sin disfrutar, ni compartir, lo que había guardado.
Marifé Ramos